Desde los 7 a los 11 años trabajé con mi padre repartiendo leche con un VespaCar.

Me reconozco adicto a los libros y siempre soñé con montar algún día una librería. Mi afición empezó gracias a una clienta que me correspondía en el reparto de leche, una profesora jubilada llamada Carola. Cada cierto tiempo me regalaba un libro. Recuerdo algunos, como las parábolas de “El hijo pródigo”, una sobre la compasión y leones; “Las fábulas de Samaniego”; Simbad el Marino”…

Nunca recibí dinero ni ningún tipo de valoración por parte de mi padre por aquellos años en que mientras mis amigos disfrutaban jugando al fútbol los sábados y festivos o disfrutaban en sus vacaciones, yo trabajaba codo con codo como si ya fuera un hombre. Y no solo no recibía nada de él sino que cuando terminaba la navidad, que era cuando las clientas me daban los aguinaldos, como éramos muy pobres, mi madre, manipulándome, conseguía quedarse con ellos como si fuese la paga de navidad de la familia.

Los libros… esos sí eran para mí, nadie me los quitaba porque no les interesaba… ¡Como no voy a amar los libros! Siempre fueron mi refugio… me han salvado la vida.

Eran los tiempos de la dictadura, vivía en la miseria y no estaba acostumbrado al tipo de trato que esa mujer me ofrecía. El afecto y el interés sincero de otros hacia mí, escaseaba en mi vida. Nunca sabes dónde vas a encontrar ese apoyo que, sin darte cuenta, marca una diferencia en tu vida. Ahora, al reflexionar sobre ello, creo que fue mi primera mentora.

Al ver la fotografía de la “vespa-librería” en Instagram he sentido una gran alegría. Como si fuese una imagen psicomágica para mí.

#rafaelguisado